Eloy de la Iglesia. El cineasta en su galaxia

Abril-Mayo de 2013

Entre lo que se alucina, lo que se quiere ver, lo que se ve realmente y lo que no se ve, el juego es ininito: es ahí donde tocamos la parte más íntima del cine (Serge Daney) Mucho antes de conocer a Eloy seguía yo de cerca, por amigos comunes, el turbulento recorrido desde su nacimiento vasco bajo Franco, pasando por la militancia clandestina en el Partido Comunista, a la marginación, el desarraigo, el lumpen y el oscuro túnel del caballo en el que muchos de los suyos se habían quedado, y del que él –gracias a su pavor a las agujas– había salido vivito y coleando; todo ello preñado de cine, porque simultáneamente en ese tiempo –hasta “La estanquera de Vallecas”– había traído al mundo un buen número de películas que rompiendo reglas a diestro y siniestro retrataban con notas tan disonantes como certeras la idiosincrasia de aquel país que llevaba cuarenta años aguantando, a la espera de que muriera de viejo el dictador asesino y llegara la transición… Eloy se convirtió en director de culto a la vez que en cineasta maldito –un malditismo que él guardaba junto al orgullo agrio con que hacía bandera de su homosexualidad.

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