Me alegro de que estéis bien

Acerca de “Una paloma se posó sobre una rama a reflexionar sobre la existencia” de Roy Andersson

10 de junio de 2015

En aquel tiempo en que ir al cine no era cosa de cualquier día, quien tuviera la suerte de ir a ver una película luego la compartía. Había que verla bien para poder contarla en detalle y con la emoción precisa. Se podía pasar miedo, reírse o llorar escuchando. Contar películas era un arte apreciado. Yo aún me acuerdo de algunas que me contaron como si las hubiera visto con mis propios ojos.

“Una paloma se posó sobre una rama a reflexionar sobre la existencia” es una película que ya desde el título promete ser escurridiza como las bolitas de mercurio que se formaban cuando se rompía un termómetro, de las que no se dejan contar. Empieza en una sala de museo donde un hombre de aspecto gris y cara  muy blanca observa los pájaros disecados que hay en las vitrinas algo polvorientas, inconsciente de que él mismo en su rareza de ser humano está siendo observado por el ojo de un agudo observador.

Un rótulo anuncia ‘primera reflexión sobre la muerte’ dando pie a la primera viñeta de las treinta y nueve que se irán desgranando: fuera de la ventana caen copos de nieve, dentro la mesa está dispuesta para la cena, un hombre va a abrir la botella de vino, al fondo se ve de espaldas a una mujer trajinando en la cocina, canturrea armonizando con la banda sonora, la cámara magistralmente colocada, quieta en su trípode, ve cómo el corcho se resiste y el hombre cae fulminado por el esfuerzo. La mujer sigue con su trajín, canturreando.  A esta primera viñeta siguen una segunda reflexión y otra tercera, aparentemente inconexas salvo que en las tres está la muerte, eso tan trivial, tan de todos los días. El plano largo minuciosamente pensado, la cámara estática, la textura del color casi incoloro, la palidez de los rostros, la calidad del movimiento ralentizado de los personajes, los diálogos mordaces banales solo en apariencia, dan ilación y profundidad a las viñetas –llamémoslas así– que sin prisa pero sin pausa van poniendo el foco en lo absurdo de la condición humana.

Con humor surrealista… Dos personajes pálidos enigmáticamente impasibles aparecen una y otra vez, como esperando a Godot. Son viajantes de comercio (Holger Andersson y Nils Westblom), dos hombres tristones, sonsos, el listo y el tonto, pegados cada uno a un maletín donde llevan artículos para divertir, colmillos gigantes de vampiro, carcajadas enlatadas, caretas de goma con un solo diente, y cada mañana salen al mundo sabiendo que no conseguirán vender el inverosímil género, repitiendo allí a donde van el mantra de que lo suyo es ayudar a la gente a pasarlo bien.

Con humor negro, apagado …  Una científica habla por el móvil. A su lado un mono sujeto de pies y manos chilla cada vez que recibe una sacudida del electroshock al que le están sometiendo en nombre del progreso ante la indiferencia de ella, que habla de otras cosas ‘me alegro  de que estés bien’, está diciendo.

–’Me alegro de que estés bien’, dicen todos los que hablan por teléfono sin que ni quien habla ni quien escucha tenga que creérselo. En la sala de cine se oye que el público reconoce la guasa–.

Y con humor hasta tierno… En el bar de la coja Lottie, sentado  a  su  mesa de siempre, un parroquiano, hoy sordo  como una tapia,  sigue acudiendo a tomar su copita como en otros tiempos. Retrocedemos con él a 1942 en el mismo sitio, con ambiente de soldados de  uniforme y otros  clientes sin un chavo. La anfitriona cojita canta la canción del bar de Lottie (música de Glory, Glory Alleluia) y les invita a todos, una copa por un beso. La parroquia entera le hace  el coro en un  fantástico homenaje al musical.

Humor en cualquier caso iconoclasta y osado que no titubea en pulverizar sin miramientos el sentido histórico del tiempo… El rey Carlos XII en marcha con sus tropas hacia la batalla de Poltava, irrumpe a caballo en un bar del camino donde suena de fondo un rock conocido. El bar es desalojado de mujeres y alguna otra presencia indeseada ante semejante imprevisto evento. De regreso de la histórica derrota a manos de Pedro el Grande, el rey hecho un guiñapo vuelve a detenerse en el mismo bar para ir al servicio … que está ocupado.

–En otra alegórica incursión en la historia, un grupo de esclavos negros niños y mayores son forzados por soldados británicos con uniforme colonial a meterse en un cilindro gigante que una vez cerrado es impulsado a dar vueltas sobre las llamas de una charca de líquido inflamable. El sonido del interior sale por unos orificios ad-hoc a modo de altavoz. En otro plano ricos y aristócratas se dedican a disfrutar de ese espectáculo mientras toman copas en una terraza a modo de palco–

“Una paloma se posó en una rama para reflexionar sobre la existencia”, premiada con el León de Oro en la Mostra Venezia 2014, es la tercera entrega de la trilogía (“Canciones del segundo piso”, 2000, y “La comedia de la vida”, 2007) con la que Roy Andersson volvió al largometraje  tras una ausencia de veinticinco años. En ese tiempo se había volcado en el trabajo publicitario, con el que despertó el interés tanto de profanos como de compañeros de profesión, entre ellos su confeso admirador y compatriota Ingmar Bergman. Cuadros  de Hopper, diálogos y sobre todo  silencios de Beckett, el rostro de Buster Keaton o Tati flotan en la sustancia de “Una paloma…”. También hay quien le atribuye cosas en común con Bergman, aunque Roy Andersson no vea en el maestro ningún atisbo de sentido del humor que puedan compartir. Así lo dice sin pizca de mal ánimo en una jugosa conversación con Max Evry fechada el 6 de junio y propiciada por González Iñarritu y Darren Aronofsky, ambos fans del sueco Andersson, con ocasión del estreno de la película en Nueva York.

Y desde luego está Buñuel, al que admite profesar un fervor especial, –él elegiría “Viridiana” como una de las tres mejores  películas de su vida–. Así es que ha incorporado el episodio del bar y de nuevo en el cierre de la película aquel rock que nos sonaba, “Shimmy Doll”, haciéndose eco del final de la banda sonora de Viridiana. Un pequeño homenaje, dice Roy Andersson, al rockabilly Luis Buñuel.

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Ingrid Bergman cumple cien años

Mayo de 2015

“Estimado Señor Rossellini: He visto sus películas Roma Cìttà Aperta y Paisà y me han gustado muchísimo. Si necesita una actriz sueca que habla inglés muy bien, que ha olvidado el alemán, que se hace entender a duras penas en francés y que en italiano solo sabe decir “ti amo”, estoy dispuesta a hacer una película con usted”. Ingrid Bergman

La actriz sueca escribió esta graciosa carta, famosa desde entonces, cuando llevaba diez años y catorce películas de enorme éxito en Hollywood. Una tarde de la primavera de 1948 el azar llevó a Ingrid Bergman y su marido Petter Lindstrom a una sala pequeña de La Cienaga Boulevard a ver Roma Città Aperta, una de esas películas extranjeras que pasaban desapercibidas porque solo iban a verlas inmigrantes que no tenían necesidad de leer los subtítulos. Cuenta que quedó atónita ante su realismo y simplicidad, con unos actores que no hablaban como actores, a los que en algunos momentos apenas se oía ni se veía entre oscuridades, pero de una presencia rotunda, como cuando en la vida sabes que hay lo que ni se oye ni se ve pero que está ahí, más allá de la mera comprensión. Antes de llegar al fin de los ochenta y nueve minutos que duraba la proyección, la actriz estaba ya en un tris de asomarse al filo de lo que la pacata hipocresía de aquel entrometido Hollywood iba a convertirla en el centro de un escándalo épico del siglo veinte. Vio que el director de aquel prodigio era un tal Roberto Rossellini, quizás uno de esos hombres que hacen una sola película que casi nadie llega a ver y de quien, tristemente, nunca más se oye hablar. Nadie en su entorno sabía nada de él. Unos meses más tarde en una calleja de Nueva York de nuevo la casualidad le puso delante el nombre de Rossellini en un cartel que anunciaba Paisà; sin pensárselo dos veces entró a verla y se volvió a emocionar. Luego escribió esa breve carta al director.

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"Ingrid Bergman, In Her Own Words" Poster

Loreak

Diciembre de 2014

“Confirmado, en 2014 la gente volvió al cine”, dice un titular en El diario.es del 2 de diciembre. Más adelante se lee que una de cada cuatro de las películas vistas fue española y que cosa igual no ocurría desde 2009. La noticia va a salir en todos los medios y alegrar mucho a la afición.

Apenas tres meses antes ya apuntaba maneras la programación del Festival de San Sebastián, que anunciaba películas españolas en cada una de sus secciones, cinco en la oficial, tres de ellas a competición. La cosecha de Conchas y premios fue copiosa para Magical Girl y La isla mínimaLoreak fue aplaudida a rabiar por un público entusiasta en su pase en el Kursaal y ha ido recibiendo elogios respetuosos allá donde va, empezando por el festival de Londres a las pocas semanas de ese estreno, luego Zúrich y Tokio. Desde entonces es nominada y solicitada en festivales y eventos de cine cerca y lejos, y ha sido recientemente premiada en el Festival de Palm Springs como Mejor Película Iberoamericana.

Este éxito discreto de Loreak viene precedido por el que obtuvo 80 Egunean (2010), el primer largometraje de sus dos directores José Mari Goenaga y Jon Garaño, un tándem con estrella. De ambas se dice eso de “es una película pequeña”, y bien es cierto que no tienen un ápice de grandilocuencia ni presumen de ninguna otra grandeza. En Loreak no hay millonarios, drogas, amores tórridos ni asesinatos, pero sí pasiones pintadas con tintas tenues, guerras íntimas poco ruidosas plasmadas con esmero meticuloso, y un cadáver que desde una cámara frigorífica es el centro de las flores de la película en su recorrido de cinco años. La cinta respira suspense latente gracias a la estructura de una trama contada con sencillez y sabiduría de cine sin artificio.

La vida de Ane es tristona y lánguida. Cena y desayuna en un silencio soso con su marido Ander, que cada mañana se va al trabajo para volver al final del día y sentarse en el sofá delante de la tele. Ella va a su oficina, en el barracón de las obras de una autopista, al pie de una de esas grúas descomunales donde un vigilante todo lo ve desde la cabina que hay en lo alto.

Según el médico, los sofocos y la melancolía de Ane se deben a su temprana menopausia. Ella se asombra y calla. Ane es menuda, liviana, silenciosa.

Una tarde lluviosa de jueves, suena el timbre de la puerta. Antes de abrir, Ane ve por la mirilla unas flores, y detrás al hombre que viene a entregar el ramo. Sólo flores, sin mensaje ni una tarjeta que diga quién las manda. De Ander no son, ya que cuando llega por la noche y ella le da las gracias, él dice “¿Mandarte flores? ¿Para qué?”.

La tarde del jueves siguiente, y el siguiente y el otro, continúa llegando un ramo de flores para Ane, siempre a la misma hora. A ella la curiosidad le ha encendido la mirada, y ha empezado a fijarse en los rostros de alrededor. A Ander no le hacen ninguna gracia esas flores misteriosas. Insinúa que investiguen, hasta sugiere ir a la policía –aquí se oye la sonrisa del público en el cine–. Poco tardan las flores de la discordia en pasar a la clandestinidad y adornar la oficina en el barracón de las obras.

Un día, en una curva de la carretera vieja muere en un accidente de tráfico Beñat, personaje al que hemos conocido en su ambiente casero, a menudo en medio del fuego cruzado entre su madre ansiosa por hacer favores y su compañera Lourdes, que trabaja como cobradora en una cabina de peaje de la autopista. Las dos mujeres se tambalean tras el fatal accidente, cada una gestionando su propio sentimiento de culpa –ambas con estupenda contención de actriz–. Lejos de dulcificarse la relación entre ellas,  redoblan su acritud mutua y dejan de tratarse.

PHOTOCALL DE LA PELICULA "LOREAK" LOBO ALTUNA SAN SEBASTIAN  23.9.2014

Ese jueves no llega el ramo de flores, ni el siguiente ni el otro. Atando cabos llegamos con Ane a la conclusión de que era Beñat el remitente anónimo; el vigilante del que tan poco sabe se ha llevado el secreto consigo, no a la tumba sino a una cámara donde su cuerpo congelado debidamente etiquetado pasará los próximos cinco años ya que ha dejado escrito que disponga de él la ciencia.

La curva del accidente donde perdió la vida Beñat al principio se llena de flores. Con el tiempo, éstas van a menos. A no ser por un misterioso ramo fresco sin mensaje que se renueva cada semana atado a la señal de tráfico, para inquietud de Tere y obsesión de Lourdes, que hacen pesquisas e interrogan a las floristas. ¿Cómo es que no llevan un recuento de quién compra flores?. También esta vez se insinúa ir a la policía. Ahora seguimos el suspense desde fuera, porque estamos con Ane, que ha empezado a corresponder a las flores de aquel hombre del que quisiera saber más…

Los hilos de las tres mujeres, que terminan por encontrarse para seguir desencontrándose, forman  el núcleo central de esta historia mínima rebosante de gestos y detalles sutiles –y algún guiño sorprendente de homenaje al cine–. Los cinco años no han pasado en vano, salvo para el cuerpo de Beñat, que por fin será incinerado. Y aún habrá quien ponga flores en esa vieja curva que un día caerá en el olvido porque el tráfico tomará otros derroteros.

“Le dimos muchas vueltas para conseguir esa estructura de espejo: unos personajes quieren recordar y acaban olvidando,  mientras que a otros les ocurre lo contrario”, explican Goenaga y Garaño, que dirigen la película al alimón y conducen con prodigiosa sensibilidad a unas actrices que están soberbias –son los personajes femeninos los que brillan, impecables ellos en un segundo plano–. Son también autores del guión junto con Aitor Arregi. La remarcable partitura de Pascal Gaigne contribuye al tono minimalista, y otro tanto puede decirse de la precisión con que la fotografía de Javi Agirre pone magia a esta historia de gente corriente y cielo gris perla.

Loreak ha sido reconocida como la primera cinta rodada íntegramente en euskera que participa a concurso en la Sección Oficial de San Sebastián. No sería justo, sin embargo, considerar ése el mayor mérito de esta cautivadora película.